Vivir es aquel impulso de ser y de querer.


Vivir es aquel impulso de ser, que en lo que ya es se resuelve en esfuerzo para ser más. Allí donde cesa aquel impulso o acaba este esfuerzo, allí cesa la vida y acaba el ser vivo aunque continúe la apariencia por automatismo. Porque el esfuerzo de vida se crea su ritmo, y éste, cuando ya no encuentra el obstáculo que lo reguló, o habiendo cesado el impulso y esfuerzo que lo crearon para vencerlo, persiste automáticamente y ya sin alma, dándonos la exterioridad de la vida, y haciéndonos tomar por vivas cosas que en realidad hace mucho que murieron.

Pero hay en nosotros un oculto sentimiento de la vida que no engaña y nos dice que aquellas cosas andan mal, aunque no acaba de decirnos el porqué: quiere que ejercitemos nuestro esfuerzo en adivinarlo; pero nosotros mismos muchas veces no estamos bastante vivos para esta adivinación, juzgamos también automáticamente, y nuestro sentimiento de la vida se reduce a reconocer que aquello anda mal. Sin atinar en la causa verdadera, y nuestro esfuerzo, ya secundario, se aplica en vano a querer reparar exteriormente aquellas exterioridades, y así extraviándonos en ellas nos alejamos del impulso vivo originario y acabamos por estar tan muertos como las cosas mismas que deberíamos avivar. I así vivimos (o creemos vivir) en un círculo vicioso (…)

(…) de cuando en cuando viene alguien (un relámpago) a iluminarnos la verdad hasta el abismo de ella, hasta nuestro abismo; y entonces, si aquel hombre o mujer puede mucho, se promueve una restauración de los valores reales de las cosas, rómpense los moldes de los automatismos inventados, hay grandes derrumbamientos y ruinas, y el esfuerzo por ser más, arrancando otra vez del impulso originario vuelve a hacer vivas las cosas y a los hombres, y el mundo marcha a otro paso. (…)

(…) Pero hurgad en vosotros mismos; no descanséis, no ceséis de buscar en vosotros, cada cual por su camino; haceos hombres y mujeres en verdad, reconstrúyase sin parar cada cual a sí mismo según la luz que le ha sido dada, (…)

Pero queremos arreglar la humanidad de fuera adentro, y no es éste el camino; queremos proceder de lo general a lo particular, y sólo en lo particular está lo vivo: leyes, y más leyes, y métodos universales, y repúblicas, y monarquías, y socialismos, y panaceas, y cada cosa que se inventa para todos no ajusta a la vida de uno solo, a la vida de cada uno, que es la única vida, porque el hombre no existe: sólo existen Juan, Pedro, Laura, Olga, Diego, Maria: con su espíritu individual cada uno; (…)

Y la luz está dentro de nosotros, el aliento para avivarla en nuestro pecho, y la fuerza para el camino en nuestros pies.

Soplad hacia adentro, ¡andad! (…) Probadlo. ¿Lo habéis probado alguna vez? ¿Cuándo? ¿Dónde? (…)

Por esto creo que la historia verdadera de la Humanidad está aún por empezar. Y que este mundo en que vivimos  de Estados y leyes, y monarquías, y repúblicas, y socialismos y negocios, y clases… este mundo yo creo que no es más que una prehistoria de la Humanidad: que todavía hemos de empezar a vivir  y que la vida está todavía oculta en cada uno de nosotros; (…)

(…) Porque la Humanidad es una cadena, y no hay eslabón sin eslabón. Procure cada uno mantenerse vivo y mantener a los que le tocan; avivaos mutuamente, y veréis la vida correr como por un reguero de pólvora; porque todos tenemos la pasta de este fuego; pero empezad por la chispa interior. Vivid, sólo se os pide esto; después haced lo que queráis.

Pero ¿qué quiere decir vivir?, os preguntáis. Vivir es desear más, siempre más; desear, no por apetito, sino por ilusión. La ilusión, ésta es la señal de vida; amar, esto es la vida. Amar hasta el punto de poder darse por lo amado. Poder olvidarse a si mismo, esto es ser uno mismo; poder morir por algo, esto es vivir. El que sólo piensa en sí no es nadie, está vacío; el que no es capaz de sentir el gusto de morir, es que ya está muerto. Sólo el que puede sentirlo, el que puede olvidarse a sí mismo, el que puede darse, el que ama, en una palabra, está vivo. Y entonces no tiene sino echar a andar. Ama, y haz lo que quieras.

(…) Ama a tu casa y la tierra en que la levantaste al levantarte tu mismo de ella. No llames patria sino a eso.
Ama tu oficio, tu vocación, tu estrella, aquello para que sirves, aquello en que realmente eres uno entre los hombres. Esfuérzate en tu quehacer como si de cada detalle que piensas, de cada palabra que dices, de cada pieza que pones, de cada golpe de tu martillo, dependiera la salvación de la Humanidad. Porque depende, créelo. Si olvidado de ti mismo haces cuanto puedes en tu trabajo, haces más que un emperador rigiendo automáticamente sus Estados; haces más que el que inventa teorías universales para satisfacer sólo su vanidad, haces más que el político, que el agitador, que el que gobierna. Puedes desdeñar todo esto y el arreglo del mundo. El mundo se arreglaría bien él solo, con sólo hacer cada uno todo su deber con amor, en su casa. (…)

Sed vivos, solamente, que la vida ya se arregla por sí. Es lo único que hace falta. Que ahora todo padece de vuestro sueño, y tantos males como queréis curar no son sino fantasmas de vuestro sueño. El pasado y el porvenir son fantasmas de vuestro sueño. Despertad, vivid, amad un momento, y veréis…

Ámalo tú, al menos, este momento que pasa… que no pasa, créeme, porque estamos sellados en eternidad, y todo nos es actual; y en este que llamas momento está todo tu pasado y todo tu porvenir. Amando, pues, el momento, vives eternamente. Nada es despreciable sino los fantasmas del caos. Pero todo lo que pasando por delante de ti, vive en ti: el sol, la lluvia, la noche, el niño que pasa cantando por tu calle, el perro que duerme, el polvo que vuela … todo es para ser eterno, todo es para ser amado. Todo. El íntimo cuidado de tu persona. Por esto dije al principiar que aun en el acto de cortarte las uñas debías poner tu amor: porque estos deditos que nos ha dado Dios bien merecen también algún cuidado.

Por Joan Maragall
Del libro “Obres Completes”