5 BUENAS PRACTICAS PARA NUTRIR LA INTELIGENCIA EMOCIONAL DE TU HIJO

Esta semana quiero abordar un tema que cada vez creo que está mas presente (grácias a dios!) en escuelas y en el desarrollo de los mas pequeños: el desarrollo efectivo de la inteligencia emocional desde chiquitines.

La inteligencia emocional influye decisivamente en nuestra vida. Como nos sentimos influye en la forma que tenemos de ver y relacionarnos con el mundo y con los demás. Educar a un hijo debe incluir el entrenamiento de la inteligencia emocional para aportar los beneficios futuros en muchos ámbitos de su futura vida: bienestar personal, ámbito académico, trabajo, relaciones interpersonales, etc.

Inteligencia emocional y bienestar futuro
La capacidad percibir, entender y gestionar los sentimientos propios y los de los demás es la base de la inteligencia emocional. Si se entrenan desde pequeño estas habilidades emocionales son una herramienta clave para el niño y el futuro adulto que será. Siempre se había pensado que el cociente intelectual (CI) era un predictor de éxito en la vida, pero los estudios han demostrado que las capacidades y habilidades necesarias para tener una vida exitosa son otras, y el CI solamente sólo es el “umbral mínimo” en cambio el EQ (Cociente Emocional) es el que lleva a la excelencia y a tener una buena vida y unos buenos resultados profesionales y personales.

Las personas con las habilidades emocionales desarrolladas son más felices, más creativas, toman mejores decisiones, tienen mas salud y mejores relaciones personales.

Pero, ¿cómo se puede educar a un hijo en inteligencia emocional? A pesar de que educar a un hijo en inteligencia emocional es tarea tanto de padres como de maestros, si eres padre, aquí te cuento algunos consejos para que puedas ayudar a tu hijo a conocer y regular mejor sus propias emociones, y para que pueda mejorar las sus relaciones interpersonales en el futuro.

Pasemos a ver estas 5 buenas prácticas para ayudar a vuestros hijos a aumentar su habilidad para manejarse con las emociones propias y ajenas.

1. Reconoce la perspectiva de tu hijo y empatiza con él
A pesar de que a veces no puedas hacer nada para que tu hijo no se sienta triste un día, empatiza con él. Ser entendido ayuda a los seres humanos a aceptar las emociones negativas propias. Si la respuesta emocional de tu hijo te parece desproporcionada respecto a la situación, entiende que cada uno vive la vida a su manera y, en muchas ocasiones, es necesario experimentar el dolor para seguir creciendo. Si le haces saber que entiendes sus sentimientos y que no pasa nada por sentirse así a veces, tu hijo/a será más capaz de aceptar sus emociones y entender que las emociones vienen y se van y que no pasa nada.

Pero empatizar no quiere decir que tengas que estar de acuerdo, sino que significa que le haces saber que entiendes su punto de vista. Sentir que alguien entiende nuestro punto de vista puede ayudarnos a pasar el mal momento en lugar de quedarnos anclados en una experiencia negativa. Los niños aprenden la empatía a través de la experiencia, y ya que tú puedes ser un buen modelo para él, enséñale a empatizar y hazle saber que entiendes su punto de vista.

2. Deja que se exprese y escúchalo de verdad
Acepta las emociones de tu hijo en vez de minimizarlas o rechazarlas, de lo contrario, le das el mensaje de que algunas emociones son inaceptables y vergonzosas.
No aprobar ni validar sus emociones negativas (por ejemplo, su rabia) no provocará que deje de sentir estas emociones, y puede causar represión emocional.

La represión de las emociones no hace que las emociones negativas desaparezcan, porque las emociones negativas tienen la necesidad psicológica de ser expresadas para facilitar su gestión. De lo contrario a menudo se atascan y terminan “explotando” por otro lado de forma más violenta.
En vez de eso, enseña a tu hijo/a la gran variedad de emociones que existen y ayúdale a aceptar que son parte de la condición humana. Esto no quiere decir que, obviamente, para vivir en armonía con otros individuos hay que controlar a veces algunas emociones y su expresión. Si aceptas sus emociones le enseñas que la vida emocional no es peligrosa, sino que es universal y gestionable. Esto es beneficioso ya que le ayuda a aceptarse a sí mismo tal como es y también aceptar las emociones de los demás.

Cuando digo escucha activa me refiero a escuchar de verdad a los niños intentando comprender lo que nos dicen y lo que sienten. Es decir, se atiende primero el componente emocional (sentimientos, emociones, sensaciones, etc.) antes de que el racional (ideas, creencias, conocimientos, etc.), y se deja expresar prestando atención sincera.

Presta atención a lo que tu hijo te está tratando de decir cuando te confiesa sus pensamientos y emociones, y luego hazle saber que le has entendido. Una forma muy útil de que sienta que lo has entendido es, una vez la has escuchado, utilizar ejemplos de tu propia vida para ilustrar un ejemplo análogo y demostrarle que le entiendes.

3. Alimenta los mensajes positivos y cultiva el optimismo
El ser humano, por lo general, tiene un sesgo natural hacia el pesimismo y el pensamiento negativo. Esto es así porque evolutivamente nos ha sido más rentable pensar mal y tener miedo a fin de sobrevivir. Dicho de otro modo los que han sido más cautelosos y temerosos han sobrevivido más que los que han confiado más (“piensa mal y acertarás”).
Esto supone que, en general, nos es mucho más fácil construir y auto-enviarnos mensajes negativos que positivos.
Esta tendencia natural en un medio tan cambiante, variable y diverso como el que vivimos hoy; con tantos inputs y tantas demandas como tenemos a menudo no resulta adaptativo y puede resultar bloqueante (el miedo es la más potente de las emociones, y la sobre-preocupación es su “alfombra roja”). Por eso hay que aprender, desde pequeños, a cambiar de forma intencionada e incansable los mensajes en positivo. Hay que aprender a darle la vuelta a las cosas con frases que funcionen como “dulcificadores” o disolventes de las preocupaciones cotidianas.

Frases tan sencillas como: “Claro que puedes.” “No pasa nada!” “Claro que sí, adelante!” “Basta de pensar en ello, a otra cosa mariposa!”; que este tipo de expresiones formen parte del discurso interno de la persona pueden ayudar a transitar por la vida con más ligereza y sin engancharse en exceso en pensamientos negativos.

Aprender a relativizar es un arte emoicionalment muy inteligente.

 

5 BUENAS PRACTICAS

4. Enséñale a resolver problemas con las emociones
Ya que las emociones son mensajes con un significado, enseña a tu hijo a observarlas, entenderlas, sentirlas y tolerar sin necesidad de actuar sobre ellas, así se reduce su intensidad. Una vez que has aceptado lo que sientes, ya puedes pasar a la resolución del problema (“¿Ok, me siento así, muy bien, no pasa nada, y ahora que hago al respecto?)

Cuando las emociones se aceptan, su nivel de intensidad baja y la mente está en mejores condiciones para resolver problemas. Enséñale a ser paciente, a observar, entender y regular sus propias emociones. De este modo, mejorará su autocontrol emocional.

Los estudios en este campo han demostrado que la empatía no es suficiente para enseñarle a manejar sus propias emociones, porque para el control emocional necesario dominar otras habilidades de la inteligencia emocional. Enseña a tu hijo a identificar, etiquetar, entender y regular las emociones, ya que favorecerá el “poder” que siente que tiene sobre el/ella mismo/a y sobre su vida. También así se sentirá capaz de resolver los problemas que puedan ir surgiendo en su día a día y que comporten cierta carga emocional.

5. Juega a ser emocionalmente inteligente
A través del juego los niños aprenden habilidades, y este es un elemento básico en la vida de un niño, que además de divertido resulta necesario para su desarrollo. El juego puede aportar muchos beneficios, no sólo a nivel psicomotor, sino que puede ayudar a comprender mejor sus emociones.

Por lo tanto, el juego es útil para ayudar a experimentar emociones como la sorpresa, la expectación, la incertidumbre o la alegría; y puede favorecer el desarrollo de la habilidades para la solución de conflictos emocionales (personales e interpersonales).

Una forma de jugar con las emociones es compararlas con personajes y ver cómo los diferentes personajes reaccionan, contestan y toman decisiones en función de la emoción que representan. Así ellos mismos podrán verse reflejados en los diferentes personajes cuando sientan determinadas emociones.
También puedes jugar a darles concejos inteligentes a los diferentes personajes para ayudarles a resolver sus problemas con sus estados emocionales.

Hasta aquí 5 buenas prácticas para nutrir la inteligencia emocional de nuestros hijos. Seguro que hay más pero con estas ya haréis mucho trabajo. Con el tiempo aprenderán a ser mucho más efectivos en la gestión de sus emociones, a permitirse sentir lo que sea necesario sentir, a hacer uso de las emociones a favor de la tarea, a entender que no pasa nada y a relacionarse con los demás desde la proximidad que da percibir y entender las emociones propias y ajenas como estados que condicionan nuestro pensamiento y nuestra energía personal, y que no pasa nada porque vienen y se van, como nubes que a veces llevan lluvia y a veces llevan rayos.

Que tengáis todos un muy, muy buen día 🙂